11ª BIENNAL D’ART LEANDRE CRISTÒFOL LLEIDA, 2019

Equipo curatorial: Cèlia del Diego, Julia Morandeira y David Armengol

Mercedes Azpilicueta, David Bestué, Lúa Coderch, Joana Escoval, Ariadna Guiteras, Iratxe Jaio & Klaas Van Gorkum, Martín Llavaneras, Pere Llobera, La Más Bella, María Salgado, Mireia Sallarès, Daniel Steegmann Mangrané.

Centre d’Art La Panera, Lleida. Octubre 2019 – enero 2020.

Para las personas que nos dedicamos a la práctica artística, al comisariado, a la mediación o a cualquier otra posición intermedia sensible al arte contemporáneo, la exposición es siempre un acto de intensidad y celebración. Quizás esto se deba a que, por mucho que la pongamos en jaque, por mucho que intentemos reinventarla, reactualizarla o transformarla en otra cosa, la exposición sigue siendo uno de nuestros hábitats naturales. Nos guste o no, la exposición es el espacio y el tiempo donde se mide, se comparte y se legitima gran parte de nuestro trabajo. Y si bien es cierto que, históricamente, el presente del arte siempre ha ido generando resistencias o huidas directas de lo expositivo (el espacio público, la performance, el proceso, el entorno natural, el digital…), también lo es el hecho que la exposición sigue siendo el lugar por excelencia desde el que narrar aquello que sucede en arte. Por mucho que el arte busque otros caminos, de un modo u otro, es muy probable que todos esos caminos se encuentren de nuevo en una sala exposiciones.

Existen muchas tipologías de exposición, y cada una de ellas implica tener en cuenta un sinfín de detalles. Existen exposiciones individuales, colectivas, grandes, pequeñas, con medios, sin recursos, con obra nueva, con obra ya producida; existen retrospectivas, antológicas, y también exposiciones con autorías muy marcadas y exposiciones en las que la autoría se descompone a favor de lo coral… No obstante, y por muy variadas que sean, podríamos decir que todas se rigen por una misma premisa esencial: la puesta en escena de unas ideas y/o formas que se justifican mediante la configuración de una situación – estética, poética, documental… – que nos seduce desde la experiencia. Movernos por un espacio, observar, sentir, escuchar, pensar… todo eso está en juego en una exposición.

Pese a sus múltiples posibilidades, desde nuestra práctica curatorial – es decir, desde los cuidados que procuramos a unos contenidos que se exponen – podríamos diferenciar dos grandes tipos de exposición. Quizás las dos tipologías que mejor responden a la funcionalidad del comisariado. Por un lado, tendríamos las exposiciones de tesis, aquellas que dependen de una idea inicial, de un tema, de una pertinencia que después se expandirá con el trabajo de las/los artistas. Por el otro, tendríamos las exposiciones contextuales, cuyo objetivo no es temático, sino geográfico, territorial, o más bien radiográfico: reflejar de manera precisa un determinado radio de acción, una determinada escena, una determinada generación, un determinado momento… Como audiencia, ambas son excitantes y deseables, aunque prácticamente antagónicas. Mientras las primeras ofrecen un tema de reflexión que puede afectarnos o no, las segundas generan un posible sistema de reconocimiento del entorno mediante una potencialidad o relevancia artística. Y aquí surge la diferencia más crucial: mientras las primeras nacen con una idea, las segundas nacen con una lista de artistas.

Al fin y al cabo, comisariar es eso: pensar en temas y en artistas que se retroalimentan sin cesar. Dicho esto, la primera consideración sobre la exposición que aborda esta publicación es clara: se trata de una exposición contextual. Cada dos años, la Biennal d’Art Leandre Cristòfol Centre d’Art La Panera de Lleida intenta establecer una radiografía del presente del arte contemporáneo en el estado español. Y no lo hace pensando en aquellos temas pertinentes que van a ser capaces de sustentar la muestra, sino que lo plantea desde su propia especificidad territorial: el contexto de Lleida, la escena catalana y el ámbito nacional; los tres ejes principales que definen su identidad como centro de arte y su voluntad patrimonial como colección pública de arte contemporáneo.

Por tanto, el reto que marca este evento no es sencillo. Narrar un contexto es algo muy complejo. Pese a sus acotaciones, a sus límites, a su condición descriptiva, un contexto es un terreno poroso, flexible, inestable y altamente subjetivo. Así, la aproximación a ese contexto siempre va a depender de unas voces narradoras que, en el mejor de los casos, agradarán a algunas personas y decepcionarán a otras. En definitiva, la lectura contextual siempre será insatisfactoria. Con esta afirmación no queremos cuestionarnos a nosotros mismos, ni a lo que supone la Bienal o, en su defecto, la colección municipal de Lleida depositada en el Museu d’Art Jaume Morera, pero sí tomar consciencia de la dificultad narrativa de tal empresa. ¿Quién está y quien no está en esa lectura contextual? ¿quiénes hemos olvidado?, o peor aún, ¿quiénes no hemos tenido en cuenta? La aproximación contextual no puede más que ser autocrítica desde su inicio; una autocrítica que no es disculpa, sino el único modo de interpretar un determinado radio de acción y convertirlo en un relato; en este caso en una exposición.

Para ello, el Centre d’Art La Panera lo hace lo mejor que puede. Genera en cada una de sus ediciones un equipo curatorial formado por miradas desde dentro y desde fuera de la institución; perfiles del equipo del centro y perfiles independientes. A partir de ese esquema, la Biennal d’Art Leandre Cristòfol ofrece una lectura de contexto en clave de presente que tiene una doble vida. En primer lugar, da pie a una exposición colectiva que ocupa durante tres meses todo el centro e invita a un diálogo entre obras y artistas sensibles a dicho contexto; un diálogo a través del cual surgen los temas que sustentan toda la parte discursiva de la muestra; en segundo lugar, la misma exposición sirve de base para una serie de compras de obra llevadas a cabo por el Ayuntamiento de la ciudad. En resumen: por un lado, se exhibe aquello que define el presente de las artes visuales desde un lugar como Lleida; por el otro, ese presente es susceptible de convertirse en patrimonio artístico, formando parte así de la historia del arte reciente narrada desde ese mismo lugar.

Una vez definida la lista de artistas, nuestra labor curatorial consiste en extraer de ahí – de sus obras, de sus intereses-  los focos de intensidad que nos permiten trazar las líneas discursivas de esta nueva edición de la bienal; unas líneas discursivas dispuestas a mantener el pulso de la práctica artística en Lleida, Catalunya y España durante los últimos años. Y en esas líneas discursivas encontramos caminos que se encuentran y otros que se bifurcan para no tocarse jamás, encontramos afinidades y oposiciones, encontramos pensamientos cosmogónicos y pensamientos activistas, encontramos materialidades e invisibilidades, encontramos objetos y voces, y sonidos…

Ahí se cruzan los trabajos performativos y feministas de María Salgado, Mercedes Azpilicueta y Ariadna Guiteras, donde las cuestiones de género y el uso de la palabra y la voz desdibujan y expanden la noción de cuerpo. Pero también los largos y complejos procesos de investigación de Mireia Sallarès e Iratxe Jaio & Klaas van Gorkum, en los que los límites del arte desbordan hacia la sociología, la antropología o la historia. Ahí encontramos también la poética de la naturaleza que incorporan las obras de Daniel Steegmann y Joana Escoval, o el diálogo escultórico entre David Bestué y Martin Llavaneras, donde realidad y artificio generan comuniones indisociables mediante otros modos de entender los materiales. Y ahí están también los refugios de Lúa Coderch y las pinturas de Pere Llobera, ambas solitarias, pero amparadas a su vez por una voluntad narrativa que trasciende el propio medio para preguntarse sobre su propia existencia.  Quizás, todos estos objetos, todos estos espacios, todos estos tiempos y todas estas ideas nos ofrecen, sin categorizar, sin imponer, una cierta idea de contexto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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