Notas sobre el cinematógrafo recoge una colección de aforismos que, apuntados a lo largo de la extensa trayectoria de Robert Bresson, ofrecen un análisis fragmentado y deconstruido sobre la percepción de la imagen cinematográfica y, muy especialmente, sobre el papel del director y del actor en cine.

Pese a que Job Ramos no se mueva dentro de los márgenes de la producción cinematográfica – pero sí en sus límites – las sentencias de Bresson suponen una de las referencias centrales que articulan su obra reciente. Una obra de fuerte carga narrativa y emocional (conceptos fundamentales en el desarrollo fílmico) que, ya sea a partir de la imagen, el objeto o la ambientación, se traduce en la búsqueda – idílica, errática, imposible – de la recreación de lo real a través, precisamente, de la liberación de los consensos sociales que determinan dicha recreación. De ahí pues que la narrativa, la expectativa y la tensión dramática del cine – tanto visual (la película) como textual (el guión) – sean algunas de las constantes de su trabajo en arte.

En este sentido, los proyectos de Job Ramos apuestan por desdibujar la (inevitable) instrumentalización de la propuesta artística; es decir, su habilidad para ficcionalizar una experiencia vivida en primera persona en nombre de otro. Y para ello, el artista insiste en modificar el rol asignado de antemano a los elementos que construyen la vivencia específica. Una inversión de la reglas del juego que precisa de la complicidad, directa o indirecta, de toda la trama argumental que él mismo genera: lugares (paisaje, naturaleza, instalación), personas (actores, modelos) y tiempo (acción real, registro videográfico). En definitiva, una obra centrada en la construcción de un momento singular que el receptor – quizá su mayor cómplice – ha de entender como representativo para, de un modo intuitivo y no pautado, situarse poco a poco ante la no representatividad de la situación dada.

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Si repasamos algunas de sus propuestas recientes podemos perfilar con más claridad el por qué y el cómo de sus intenciones. Un altre paradís sense clavegueram (Otro paraíso sin alcantarillado) (Espai Zero1, Olot, 2008), instalación que supone para Ramos la constatación de cierta conexión mística entre arte, naturaleza y religión, implicó el traslado de un árbol de la Fageda d’en Jordà (mítico bosque de la Garrotxa, especialmente connotado dentro de la configuración simbólica de la identidad catalana) a la sala de exposiciones. Una recreación voluntariamente falsa pero verídica del ambiente natural del bosque al espacio neutro y atemporal del arte. Un juego de informaciones fragmentadas y parciales (el árbol como tótem, el simulacro escenográfico y tramposo de luz y niebla, la invitación de una actriz-vigilante de sala a no visitar la muestra e ir al bosque, un conjunto de estadísticas sobre la relación popular entre hombre y naturaleza…) que, más allá de la belleza de lo expuesto, invita abiertamente al espectador a abandonar su conciencia como usuario de una exposición, y situarse, sin unas premisas definidas, como agente activo ante lo inesperado.

Un altre paradís sense clavegueram (Otro paraíso sin alcantarillado) implica por tanto un punto de inflexión en la trayectoria del artista. La confirmación de unas dinámicas de actuación para/con sus escenarios y personajes que, más bien próximas a una relectura del cine postbressoniano, el artista retoma en No en aquest lloc, però si a tot arreu (En ningún lugar, en todos sitios) (Festival Ingràvid. Figueres, 2010). Un proyecto de intervención en el espacio público en el que el diseño y ubicación de un escenario de teatro vacío en mitad de una plaza, convida indirectamente a presenciar (o más bien a no presenciar) una serie de acciones que ocurren de manera fortuita y tangencial en las cercanías del espacio de representación sin uso. Una propuesta definida desde la invisibilidad y la ausencia en la que Ramos cuenta con la colaboración de varios modelos que, a través de pautas de conducta simplemente apuntadas, singularizan pequeñas y breves acciones recibidas por el público sin la predisposición de reconocerse como espectador de algo.

Dos propuestas que encaminan el discurso y los intereses del artista hacia una puesta en crisis permanente del valor representacional del arte. Un deseo imposible que conlleva un ejercicio constante de desdoblamiento en el otro, ya sea éste un modelo o un actor, un objeto o un lugar. Algo que implica la incorporación en sus piezas de personajes que actúan sin la necesidad de fijar estereotipos, localizaciones redimidas de un peso emocional previo y desarrollos temporales en suspenso. Al fin y al cabo, espacios y momentos que, paradójicamente, ensayan múltiples estrategias de control de una acción simple a la espera de que, poco a poco, la ficción se diluya. Aunque, claro, si la ilusión ficticia de lo representado se desvanece del todo, quizá también se desvanezca la intencionalidad artística. Un sutil equilibrio entre el “parecer” que puede ofrecer el arte y el “ser” que brinda la realidad.

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