“Bajo el mundo real, existe un mundo ideal que se muestra resplandeciente a los ojos de aquellos que están acostumbrados a ver en las cosas más que las cosas”
Víctor Hugo. Las Odas, 1822

 

En febrero de 1952, mientras veraneaba en su finca de Jamaica, el escritor británico Ian Fleming (1908-1964) creó al personaje ficticio que iba a protagonizar sus famosas novelas de espionaje. Una especie de héroe – casi un alter ego del propio Fleming, que había trabajado en los Servicios Secretos de la División de Inteligencia Naval Británica –popularizado posteriormente en numerosas adaptaciones cinematográficas. Un espía de élite que el cine ha convertido en icono tanto para el gran público como para ciertas minorías intelectuales. Un equilibrio perfecto entre producto de consumo masivo a la vez que de culto. Curiosamente, la finca en la que James Bond nació a nivel literario se llamaba “Goldeneye”, como la película protagonizada por Pierce Brosnan en 1995 – su debut como “cuarto Bond”- y como el nuevo proyecto de Petra Mrzyk y Jean-François Moriceau para el Espai Montcada, su primera exposición individual en nuestro país.

 

Todo pasa muy deprisa en las películas del agente 007. Más allá de la tensión dramática de las historias de espías, el gran atractivo de su género reside precisamente en una acción trepidante, frenética incluso. En los filmes de James Bond, cada minuto es clave para el trascurso de la trama. Todo resulta espectacular y atractivo para que el espectador siga el relato prácticamente sin concesiones ni treguas. Una ausencia de respiros que a su vez genera pautas de lectura y comprensión de la ficción. Persecuciones, explosiones e infinidad de situaciones límite (imposibles de creer pese a verlas ante nuestros ojos) que nos invitan a una euforia momentánea y fugaz. Un relato bien diseñado que parte de una realidad identificable para entrar así en un ámbito fantástico en el que todo es posible.

 

Desde un contexto de recepción distinto, en este caso el museo, la galería o el centro de arte, ese mismo ritmo frenético y explosivo es el que articula los delirantes dibujos expandidos de Petra Mrzyk y Jean-François Moriceau. Pese a ser producciones totalmente distintas, las películas de James Bond y sus wall-paintings comparten, de entrada, una actitud determinada ante el desarrollo de la acción. Una intensidad que atrapa al espectador y lo hipnotiza para llevarlo– con todo tipo de trucos y engaños explícitos –  a un terreno a la vez cercano y desconocido. Las increíbles aventuras y hazañas de James Bond por un lado; el universo paralelo y surrealista de los dos artistas por el otro. Un nexo conceptual que se mantiene en todas sus exposiciones individuales, puesto que, en una especie de guiño permanente y fiel, los títulos de todos sus proyectos particulares surgen de traducciones literales – bajo un juego de idiomas cruzados (del inglés original al francés para volver al inglés con ciertas variaciones) – de películas de Bond. Una obsesión que, con el tiempo, se ha convertido en un elemento distintivo, casi en una de relación de amor infinito – o de matrimonio de conveniencia –  entre ellos y el espía que funciona a su vez como “marca de la casa”. Algo evidente si repasamos algunos de sus “solo shows”: Diamond are eternal (2002), Only for your eyes (2003), Moonraker (2004), Octopussy (2004), Dr. No (2004), Goldfingers(2006), We only live 25 times (avec Félicien Rops), A View to a kill (2007) entre otros y, ahora, Golde Eyes(2008).

 

De todos modos, rápidamente nos damos cuenta de que James Bond es simplemente un referente más dentro del complejo universo visual que caracteriza la manera de entender el arte de Petra Mrzyk y Jean-François Moriceau. Un trabajo que exprime de un modo directo e intuitivo la realidad cotidiana para crear un imaginario propio fácilmente reconocible pero siempre extraño e inquietante. Un obra que, desde el uso indiscriminado del dibujo – la herramienta que les permite apropiarse con efectividad y rapidez de todo aquello que les interesa  – explora todas sus posibilidades de comunicación con la intención de darle la vuelta y alterar, tanto a nivel formal como conceptual, la relación estandarizada que se establece entre obra y usuario en la sala de exposiciones.

 

Petra Mrzyk y Jean-François Moriceau se conocieron en 1998, cuando los dos estudiaban en una escuela de arte cercana a Nantes y trabajan juntos desde entonces. Su interés común en el dibujo en blanco y negro, y más en un momento en el que, a diferencia de ahora, dicho lenguaje ocupaba una posición marginal y periférica dentro de las prácticas artísticas, fue clave en su encuentro. Quizás el descubrimiento de referentes compartidos entre ambos – desde los cómics  de Robert Crump a los dibujos de Raymond Pettibon pasando por las historietas de Tintin o Gaston Lagaffe y, sí, seguramente las películas de James Bond entre otros – ayudó también a la confección de un sólido tándem en el que no existe distinción alguna entre lo que dibuja una mano u otra. Dos artistas convertidos en uno con la ventaja de ser dos.

 

Desde la factura simple, económica e inmediata del dibujo, Mrzyk y Moriceau han construido un mundo autónomo, algo que recuerda incluso a los universos paralelos generados desde contextos como la literatura fantástica, la ciencia-ficción o ciertos momentos de la historia del arte como el simbolismo o el surrealismo. Es decir, entornos ficticios dotados de más o menos veracidad por parte de sus creadores que sugieren cierto grado de evasión y/o alejamiento de la vida diaria, ya sea por agotamiento, por desconfianza, por búsqueda utópica o por puro entretenimiento. Pensemos por ejemplo en referentes tan variopintos como los poemas de versos libres de Stephan Mallarmé, los libros de J.R.R Tolkien, las películas de Star Wars, la patafísica de Alfred Jarry, las pinturas de Odilon Redon o Yves Tanguy, las piezas de Alain Séchas, los dibujos de Glen Baxter o las escenografías teatralizadas de Virginie Barré. Todos ellos productos que, tras un primer acto de apropiación de elementos extraídos de la realidad, son traducidos a un nuevo lenguaje que incorpora a su vez otros códigos de interpretación, y por tanto de consumo. Un ejercicio que, más allá del acto creativo del autor, precisa, al igual que pasa con el truco de magia, de la complicidad del receptor. Un tipo de inventiva que tiene mucho que ver con el esquema de aproximación-alejamiento de lo real que, cercano al sueño, la alucinación o el delirio, caracteriza la trayectoria de Mrzyk y Moriceau.

 

Su obra es, por tanto, heredera de tendencias históricas como el simbolismo, el surrealismo, o el pop art (aunque más cercano a Öyvind Fahlström que a Warhol) – con conexiones en la escritura automática, el discurso onírico o la metáfora simbólica – pero revisadas y reinterpretadas desde hoy. Un juego de relaciones múltiples capaz de reflejar el presente desde nociones como la saturación, el humor y, por encima de todo, el absurdo. Un microcosmos surgido de la propia cultura popular que mezcla y samplea libremente y sin pudor todo aquello que les estimula para generar nuevas visiones representativas de nuestro entorno. De este modo, sus instalaciones murales, así como sus dibujos enmarcados, videos de animación o publicaciones están repletos de situaciones y personajes imposibles. Seres extraños, mutantes, grotescos en muchos casos, extraídos de ámbitos pertenecientes a la cultura visual – como la publicidad, el arte, la televisión, los videojuegos, el cine o el cómic – con el simple objetivo de concebir nuevos relatos alejados de cualquier normativa o significación establecida. Relatos que, al margen de una narración lineal, se expanden desde premisas más bien hipertextuales o rizomáticas en las que la actitud receptiva del espectador y su habilidad de lectura devienen algo fundamental.

 

En este sentido, las posibilidades de acceso a la información de forma desjerarquizada que permite Internet – entendido como un archivo inabarcable de imágenes y textos – supone una efectiva herramienta para Mrzyk y Moriceau. Al igual que cualquiera de nosotros, la continua necesidad de datos les lleva a un uso exhaustivo de google como punto de partida. Un espacio virtual y engañoso donde se encuentran desordenados todos los elementos en los que se inspiran para la confección de sus complejas cosmogonías. Un lugar cercano y accesible que actualmente aglutina, permitiendo infinidad de niveles de lectura, prácticamente todo lo conocido. Es decir, un medio ideal de conexión entre aspectos diversos que favorecen un rápido acto de apropiación. Al fin y al cabo, un contexto tan vertiginoso y veloz como las propias películas de James Bond o los dibujos murales con que los dos artistas suelen ocupar las salas de exposiciones.

 

Una vez perfilada la peculiar iconografía artística de Petra Mrzyk y Jean-François Moriceau, podemos detectar dos grandes temas recurrentes en su obra, quizás los dos ejes que vertebran su práctica artística. Dos constantes que, de un modo eficaz y natural, traducen el equilibrio existente entre memoria y presente; entre referentes del pasado e inmediatez cotidiana: el gusto por el absurdo por un lado y la velocidad de ejecución por el otro. En primer lugar, las connotaciones absurdas – desde el humor o la ironía a aquello grotesco o fantasmagórico – son recurrentes en todas sus iniciativas. Una alteración desenfadada y crítica de la realidad deudora de la potencia inconsciente del surrealismo y de otros comportamientos afines como la ciencia patafísica de la excepción y el opuesto o las atmósferas desconcertantes del teatro del absurdo. Todas ellas posturas alejadas de los convencionalismos e imposiciones de su momento y que ahora, en forma de revisión descontextualizada, sirven de fuente de inspiración y discurso a los dos artistas. En segundo lugar, el ritmo veloz e instintivo en su manera de dibujar, tanto a nivel de producción como de recepción, supone otra de las premisas básicas de su obra. Una inmediatez que entronca directamente con la velocidad desbordante e implacable que define nuestro tiempo presente y que ha llevado a Alexis Vaillant – uno de los comisarios que mejor conoce la obra de Mrzyk y Moriceau – a reactualizar el precepto de Robert Filliou de “un poema por día” bajo el concepto de “un dibujo por minuto”. Una definición precisa, exagerada e irónica (como su propio trabajo) que, como si de un western de pistoleros se tratara, sitúa a estos dos artistas como dos de los dibujantes más rápidos y diestros del arte actual.

 

Y fieles a la idea del “dibujo por minuto”, los dos artistas ofrecen en su obra un mundo fugaz y veloz en el que los dibujos se expanden, se entrecruzan e interactúan entre ellos para mostrar un universo propio en el que las leyes de la lógica y la razón son suplantadas por un nuevo orden microcósmico repleto de personajes, acciones y situaciones imaginarias. Un universo en el que conviven seres antropomórficos tales como lienzos dotados de brazos y piernas que discuten sobre arte; atributos corporales cargados de erotismo y órganos sexuales con vida propia; animales, alimentos y objetos en actitudes humanas; criaturas fantásticas, esqueletos, extraterrestres y un sinfín de personajes grotescos, irreales y fantasmagóricos que exhiben sus actos de forma desinhibida ante la mirada perpleja y fascinada del espectador.

 

Una cosmogonía infinita que crece y cambia a la misma velocidad que aquello que nos rodea. Un universo personal que Mrzyk y Moriceau llevan años diseñando, construyendo y adaptando a diferentes formatos de presentación como la instalación, la publicación o el video de animación tanto en exposiciones individuales como en muestras colectivas. Desde proyectos iniciales como Tir a l’arc (2001), un enorme mural expandido de más de un kilómetro de largo, a exposiciones individuales como Moonraker (2002) y Octopussy (2003), dos instalaciones planteadas desde la saciedad y el caos de dibujos enmarcados que recorren las salas de forma prácticamente orgánica, o Bon bassiers de Russie (2006), muestra que incorporó la presentación de “Tout l’univers” (libro-recopilación de todo su vocabulario visual), hasta la edición del DVD “Looping” (2004), una revisión de todos sus videos de animación y videoclips para músicos de pop, como Air o Katerine) o proyectos más específicos como A view to Kill (2007), en la que sus dibujos murales establecían un diálogo en presente con obras de pop art americano.

 

En este sentido, Golden Eyes supone un nueva producción que conceptualmente se sitúa cercana a Octopussy. Una adaptación específica del dibujo a los muros del Espai Montcada que vuelve a partir de la acumulación y el exceso de estímulos visuales para mostrarnos nuevos y extraordinarios episodios de este universo en continua expansión. Apostando en este caso por el diálogo entre dibujo mural y dibujo enmarcado, Golden Eyes da lugar a una superposición de capas de información que recuerda al acceso desordenado que permite Internet. Más aún incluso, ya que la instalación en su totalidad – imposible de abarcar por nuestro ojo debido a su infinidad de matices – parece recuperar ese efecto de falsa tridimensionalidad que se genera en la pantalla de nuestro ordenador al abrir múltiples ventanas al mismo tiempo. Un cúmulo de imágenes secuenciadas y acciones simultáneas – unidas en una suerte de reacción en cadena en la que cada una se convierte en consecuencia de la anterior – que a su vez remite a la recepción trepidante y sin concesiones de las películas de James Bond.

 

No obstante, a diferencia de propuestas anteriores, donde los marcos solían mantener un formato rectangular, en este caso los artistas optan por un dibujo de marco circular. Un tipo de soporte que, de forma tangencial, se asemeja a nuestros mecanismos de percepción y al propio funcionamiento de nuestro ojo. Quizás un guiño directo a esos “ojos de oro” que refleja el título si lo redujéramos a una traducción literal. Aunque quizás no, puesto que, por mucho que intentemos deducir intencionalidades y mensajes implícitos en los trabajos de Mrzyk y Moriceau, hay siempre en ellos un punto ambiguo e imposible de descifrar. Una ambigüedad latente que, al igual que el músico que toca en directo, juega con una alta dosis de improvisación y sorpresa. Un terreno en el que el absurdo y la velocidad de ejecución fluyen cómodamente para dar forma definitiva a sus instalaciones in situ. Una experiencia en presente en la que sus dibujos – hasta ese momento simples y efectivos story-boards – son retroproyectados sobre las paredes de la sala y, en Golden Eyes, combinados y confrontados con multitud de dibujos enmarcados. Un momento que, paradójicamente, funciona para ellos como inicio y final de la obra.

 

En definitiva, e igual que existe el método de reducción al absurdo, mecanismo lógico por el que deducimos la falsedad de una hipótesis por el simple hecho de obtener un resultado absurdo, la labor de Petra Mrzyk y Jean-François Moriceau parece erigirse en un nuevo ejercicio que, contrariamente, podemos clasificar como “expansión del absurdo”. Un mecanismo opuesto en el que el resultado no lleva a desestimar el proceso, sino a reafirmarlo. Un espacio mental y físico en el que el absurdo no conduce pues al fracaso sino al éxito. Infinidad de momentos mínimos de intensidad máxima que, pese a huir de la lógica y la razón – como ocurre con la propia sensación de euforia -, consiguen interpelarnos e interrogarnos desde el impacto directo. Según dicho método, la hipótesis de validez del universo delirante que caracteriza su compromiso en arte, lejos de ser desechada, se establece como representación visionaria de nuestro tiempo y nuestro día a día. Algo que, aunque no lo parezca a simple vista, habla de nosotros mismos para decirnos, entre atractivas metáforas, mucho más de lo que vemos.

 

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