Entendemos como historiografía el conjunto de técnicas y métodos de investigación utilizados para describir hechos acontecidos y registrados previamente. Es decir, la construcción fiel del relato escrito de la historia con el objetivo de ofrecer un conocimiento riguroso y protegido de lecturas subjetivas o poco fiables. Para ello, la historiografía depende del buen uso del método histórico –exploración de sus fuentes, validación crítica y posterior reconstrucción del pasado– y a su vez del método científico –búsqueda de datos contrastados mediante instrumentos confiables– para aportar conclusiones válidas que pasen a formar parte de una historia hegemónica y, por tanto, cierta.

 

Si intentamos aplicar dichos métodos de estudio al terreno de la ficción o la fantasía, nos encontramos con la necesidad de dotar de veracidad y credibilidad a los hechos tratados para convertirlos así en algo posible. El éxito de la voluntaria desconexión de la realidad que en muchos casos plantea el relato ficticio –algo que además busca el receptor en el momento de su consumo– depende íntegramente de que, de un modo u otro, se generen los nexos adecuados con lo conocido y lo comúnmente aceptado. En ese equilibrio preciso entre lo que es o puede ser real y lo que no, reside la potencia de géneros que requieren cierto rigor histórico (o al menos pseudohistórico) como la literatura fantástica o incluso la ciencia ficción. Algo que, más allá de la mentira explícita y el entretenimiento inocente, permite un ejercicio de identificación con lo narrado que invita a nuevos acercamientos a la realidad para incidir en los modos de entender o repensar aquello que nos rodea, preocupa o simplemente define. Un distanciamiento especulativo sobre dicha realidad y sus propios límites que, desde la supuesta flexibilidad de lo imaginado, consigue alterar aquello que parecía seguro y apostar por interpretaciones no-estandarizadas sobre la misma.

 

Un diálogo estricto entre aquello que reconocemos como falso y la construcción creíble de la posibilidad (aunque sea remota) de su existencia. Ahí reside la gran aportación de aquellas producciones que, a caballo entre realidad y ficción, ofrecen un plus conceptual al detectar fisuras y puntos flacos capaces de cuestionar o especular sobre lo que creíamos imposible. Pensemos por ejemplo en casos míticos dentro de la cultura popular, como la confusión y el pánico que provocó en 1938 la adaptación radiofónica de Orson Welles de La guerra de los mundos (1898) de H.G. Wells, en el asfixiante dominio de la tecnología sobre el hombre que Stanley Kubrick plantea en 2001: Una odisea del espacio (1968) o en la interrogación sobre la realidad que los hermanos Wachoski proponen en The Matrix (1999).

 

En este sentido, y desde el terreno del arte, el trabajo de Momu & No Es se mueve cómodamente dentro de los mismos parámetros de realidad-ficción para incorporar ese plus de complicidad y empatía para/con el receptor que apuntábamos en los ejemplos anteriores. Una narrativa propia repleta de historias secundarias que nacen directamente de sus entornos cotidianos para especular sobre lo real y hacernos partícipes de un mundo de apariencia amable pero cargado de dudas, misterios e interrogantes sobre la funcionalidad de la práctica artística. Un método de trabajo constante, obsesivo y frenético que encuentra su principal herramienta de discurso en la capacidad de Momu & No Es para extraer aspectos supuestamente escondidos dentro de lo común y rutinario. En definitiva, un despliegue de medios (tanto formales como reflexivos) que, desde la reclamación de su importancia y la creencia ciega en su validez, nos lleva de manera consciente hasta el límite de sus consecuencias.

 

Para el Espai Montcada, Momu & No Es proponen 1979-1982. Las Guerras Élficas, una nueva instalación que, desde la incorporación de múltiples registros de presentación como el texto, la escultura, el vídeo o el elemento performativo, reivindica un fragmento olvidado de nuestra memoria colectiva. Un largo proceso de investigación formalizado a partir de la recuperación de toda una serie de hechos situados cronológicamente entre estas dos fechas. Una etapa oscura y desconocida que, voluntariamente, no es desvelada hasta el mismo día de la inauguración; momento en el que la sala de exposiciones muestra los aspectos más determinantes y definitorios de dicho periodo. Un display amplio que parte del análisis historiográfico de hechos no-conocidos con la intención de ofrecer el marco de conocimiento necesario para entender lo que realmente pasó entre 1979 y 1982.

 

En este sentido, 1979-1982. Las Guerras Élficas reproduce el peculiar proceso de trabajo que caracteriza la obra y la trayectoria de Momu & No Es. El disparo inicial de una idea o hecho, de entrada poco importante (casi mínimo), y la construcción entusiasta y crítica de todos los engranajes necesarios para su validación. Unas premisas presentes ya en trabajos anteriores –como Mi dispiace (2005), una narración inventada a partir del hecho anecdótico de encontrar una maleta abandonada en Roma; El ajo ganador (2006), un vídeo que reproduce una delirante competición de ajos que buscan el privilegio de ser escogidos para morir; o La reina de las fiestas(2007), un trabajo de campo sobre el reconocimiento social en el que las artistas extrapolan sus intereses a las fiestas populares de un pequeño pueblo de Palencia– que, colmadas de segundas lecturas y guiños no evidentes, adquieren ahora una nueva y extrema potencia.

 

En definitiva, 1979-1982. Las Guerras Élficas supone la presentación pública de un periodo desconocido que Momu & No Es reivindican y sitúan desde la fe absoluta en su existencia. Algo que parte directamente de las artistas para contagiar al resto de posiciones implicadas en el proyecto (comisario, institución, diseñador, actores, colaboradores externos, etc.) y ofrecer, de un modo crítico y comprometido, el primer estudio completo sobre aquellos aspectos ocurridos entre los tres años que abarcan las Guerras Élficas. Para nosotros ha sido una labor intensa, rica y excitante. Una vez conseguido el propósito, simplemente esperamos que para el receptor distanciado y desconocedor de los hechos también lo pueda ser.

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