Más allá de creencias esotéricas, es frecuente en la vida de cada uno sentirse atraído por conocer aquello que nos depara el futuro. Una atracción temerosa, arriesgada que, en caso de atrevernos a ello – a través de un amigo aficionado al tarot, a través de un profesional de la videncia – nos enfrenta a un ejercicio de especulación narrativa y fantástica sobre nuestra propia vida. Un relato imaginario, por tanto no-real, por tanto ficticio, que nos habla de lo que nos va a suceder desde una seguridad impostada que ha de resultarnos creíble y convincente. Un complejo sistema de suposiciones y predicciones que, a modo de aliento entusiasta o de avance dramático, tiene mucho que ver – y no de manera metafórica, sino literal – con los deseos y los miedos que definen la condición del artista y el trabajo en arte contemporáneo. Un contexto – el del arte – frágil, inestable, disfuncional, en el que cada paso, cada proyecto, cada exposición, supone para el artista un nuevo reto: mantenerse y legitimarse a través de lo que hace y lo que es.

No es de extrañar pues que, ante el peso de la responsabilidad de decir (o de seguir diciendo) por parte del artista, y ante la ausencia de garantías de éxito en su empresa, el arte haya buscado, en algún momento, ciertas complicidades con la videncia. Una curiosa alianza que – ya sea desde el riesgo de delegar sus decisiones discursivas (y por tanto su autoridad ante lo dicho), ya sea desde la cobardía del mismo acto de cesión de contenidos – invita a una puesta en crisis del mensaje artístico que afecta a la propia noción de producción en arte, tanto a nivel procesual y formal (el artista ejecuta y exhibe lo que dice el vidente), como autoral (el artista es el vidente, o viceversa). Un dilema que precisa de un alto grado de empatía con el receptor para que éste, al menos entre líneas, sea capaz de comprender por qué el artista toma una decisión tan arriesgada, o tan cobarde. Pensemos por ejemplo en Telemística (1999) de Christian Jankowski, video en el que el artista pide a una vidente de la televisión italiana que prediga sus repercusiones en la Bienal de Venecia de dicho año.

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Un futuro certero (2011) de Tamara Kuselman, si bien conecta indirectamente con el enfoque irónico de Jankowski, realmente genera una aproximación muy distinta a las hipotéticas habilidades de la videncia, ofreciendo de entrada una interpretación menos instrumental y exhibicionista. Una lectura más autocrítica y desconfiada que, a base de exponer – en primera persona y a modo de relato autobiográfico – las diversas dudas y recelos que sustentan y definen su condición de artista, convida a repensar y especular sobre el valor del riesgo en arte.

Un riesgo que el trabajo de Kuselman, más definido por relaciones temporales (la performance, el evento) que espaciales (la exposición), siempre asume para dar lugar a obras en las que los límites de la experiencia artística se desdibujan hasta diluirse y confundirse con la vida cotidiana. Y todo ello a partir de dinámicas de ejecución más propias de las artes escénicas que de las artes visuales: el desdoblamiento en otros, el guión dramatizado y la puesta en escena. Un registro de representación no estandarizado que fantasea con la presencia del arte en el detalle secundario. Algo que, al fin y al cabo, se presta a existir más como relato que como objeto. Un rumor, una historia, algo que sucedió, o que simplemente nos contaron que sucedió…

En este sentido, Un futuro certero supone un nuevo capítulo dentro de los intereses narrativos y performativos de la artista, en este caso más extremo: supeditar los contenidos de su exposición para el Espai Dos de la Sala Moncunill de Terrassa a las decisiones de una vidente e intervenir el espacio del arte según los criterios estéticos y discursivos de alguien en quien, realmente, no confía. Un giro conceptual dentro de sus desdoblamientos habituales que llevan a la artista a un ensayo procesual a medio camino entre la fe y el descrédito. Por un lado, de confianza sumisa en su propósito: exponer en sala todos los elementos descritos por la vidente (ropa sexy de segunda mano, tipografía manga, pósters de sex symbols femeninos, fotos de chicas haciendo cosplay, un hombre de hombros anchos y mirada desafiante, una luz estroboscópica). Por el otro, de resistencia, duda y oposición: decidir, a última hora, que lo que se va a mostrar al público no es la exposición – que finalmente sólo existió para la artista y para unas pocas personas cercanas (algo que también otorga cierto halo de leyenda o mito a dicho display) – sino un video documental en el que ella misma, como única narradora, explica la secuencia de los hechos. Un relato cíclico y metartístico que, más allá de lo esotérico y lo extrasensorial, resta atrapado entre la carta de la “confianza” del tarot de Osho que abre y cierra la narración. Una referencia directa al Salto al vacío de Ives Klein que incita al análisis de dos aspectos fundamentales e indisociables del hecho artístico: la euforia del salto sin red y el vértigo de la posible caída.

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