Como he tomado la decisión de solicitar en un futuro próximo mi alta del hospital para vivir otra vez entre personas cultas y en comunidad hogareña con mi mujer, será necesario proporcionar a aquellas personas que entonces formarán mi círculo de relaciones una idea por lo menos aproximada de mis concepciones religiosas, para que, aunque no comprendan las muchas aparentes singularidades de mi conducta, tengan siquiera un vislumbre de la necesidad que me compele a esas singularidades.

Daniel Paul Schreber

 

El alma examinada toma como punto de partida la lectura y el análisis exhaustivo del libro Memorias de un enfermo de nervios publicado en 1903 por el jurista alemán Daniel Paul Schreber (1842-1911), quizás el caso de pensamiento paranoico más emblemático dentro de la historia de la psiquiatría moderna. Un relato biográfico en el que el mismo paciente narra de manera sistemática y coherente la lógica interna de sus delirios. Además —y de ahí la relevancia del texto— dichas memorias suponen un testimonio de autodefensa legal cuya escritura propició que el Tribunal Supremo de Dresde dictaminara en 1902 (aunque Schreber tuviera que volver después a un hospital mental y de hecho muriera internado en 1911) su salida del sanatorio de Sonnenstein.

A modo de diálogo entre los procesos mentales de D.P. Schreber (en los que la conexión con lo divino deriva de una presencia orgánica: el sistema nervioso) y la práctica artística de Samuel Labadie (Bayona, Francia, 1978), El alma examinada propone una incursión conceptual y formal en la construcción ideológica de la cosmogonía personal. Un ejercicio de revisión, anotación y apropiación del discurso alucinatorio que, mediante la combinación de dibujos, textos, imágenes y objetos, permite a Labadie una exploración autocrítica y disfuncional de su propia condición como artista. En definitiva, un desdoblamiento intelectual centrado en una premisa básica compartida por ambos: la conversión del lenguaje y el símbolo en algo físico. Y ahí, en el uso de la palabra, el símbolo y su posterior transformación en materia, es donde reside la base del imaginario particular que define el razonamiento delirante de Schreber y, a su vez, el planteamiento artístico de Labadie.

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Si repasamos alguno de sus proyectos recientes, vemos que el acto voluntario de desdoblarse en otro —ya sea una persona real o un personaje ficticio— suele jugar un papel destacado en sus procesos de investigación. Un sistema (romántico, literario) de equiparación o construcción directa de personajes utópicos que se rigen por la búsqueda incansable de unos ideales que nunca acaban de encontrar y que no pueden más que situarse y reivindicarse al margen de lo normativo y lo comúnmente aceptado. Algo que, de un modo u otro, refuerza los aspectos narrativos y performativos de su obra, siempre poblada de actitudes inconformistas (como el propio Schreber) que especulan con la posibilidad de entender el mundo de otra manera.

En este sentido, La collection de formes de Pierre Descouvré (2008) supone un caso especialmente significativo en su modo de abordar dichos ejercicios de alteridad. Una aproximación documental a la colección de formas del notario francés Pierre Descouvré (1898-1978) —un personaje ficticio construido por el propio artista— que supuestamente dedicó su vida a dibujar y clasificar todas las formas que la mente humana sería capaz de imaginar. En el caso de que Descouvré hubiera existido y que además hubiera conseguido su objetivo, sus investigaciones habrían demostrado que la capacidad de nuestra imaginación es limitada y, por tanto, finita.

Por otro lado, Un viaje a Akalsa (2009) incorpora otro elemento fundamental en la obra del artista: el error. Un pequeño fallo al teclear en el ordenador hace que Alaska se convierta en Akalsa, y este detalle menor dispara toda una crónica visual —a modo de dibujo— sobre un viaje mental a dicho territorio. Un lugar sostenido por el equilibrio entre la realidad (Alaska) y la ficción (Akalsa) en el que cohabitan diferentes intereses del artista en relación con dicho espacio: el expedicionario (fascinación por la naturaleza salvaje), el antropológico (la convivencia entre las bases militares americanas y la cultura esquimal), el socioeconómico (la extracción de petróleo), el geopolítico (la posición geográfica del estrecho de Bering), el mitificado (el imaginario de Labadie sobre Alaska sin haber estado nunca allí) y el absurdo (la existencia simbólica de un lugar llamado Akalsa).

Y si La collection des formes de Pierre Descouvré supone un primer acto de desdoblamiento en otro (un personaje ficticio pero construido como real casi de un modo literario) y Un viaje a Akalsa implica un acto de hibridación geográfica entre dos lugares (uno real y otro fantástico), la puesta en escena de El alma examinada fusiona ambas prácticas, generando así un desplazamiento conceptual que une dos personas (Schreber y Labadie) y dos arquitecturas (Sonnenstein y Espai 13).

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De este modo, y más allá del enfoque psiquiátrico del caso Schreber, el estudio de su texto y la interpretación del mismo por parte del artista dan lugar a un dispositivo espacial que utiliza como referencia inicial el plano dibujado por el letrado del propio sanatorio de Sonnestein donde se hallaba ingresado. Una decisión previa que parte de la necesidad de Schreber por situar sus delirios en zonas específicas del asilo (salones, jardín, baños…) y que, traducido ahora al espacio expositivo, genera dos consecuencias decisivas. Por un lado, la distribución de las piezas pasa a depender de una lógica heredada de otra arquitectura, algo que produce una relación tensa entre el espacio y lo expuesto. Por el otro, los títulos de las obras se liberan de su contenido para nombrarse simplemente a través de las estancias del hospital. Al fin y al cabo, una primera proyección mental que transita de Schreber a Labadie para originar a su vez una segunda proyección —en este caso física— del sanatorio (el hábitat del paciente) a la exposición (el hábitat del artista).

Situada justo en el centro de la sala y estableciendo una relación radial con el resto de obras, Enclos implica una instalación escultórica confeccionada a base de pequeños fragmentos de carbón surgidos de un experimento pseudocientífico realizado con ácido sulfúrico. Una conversión de estado líquido a sólido próximo a la alquimia que exhibe uno de los conceptos básicos del pensamiento de Schreber: el alma examinada. Un término acuñado por él mismo para referirse a aquellas almas muertas que flotan en el cielo en busca de purificación y que contactan de manera masiva con su cuerpo a través de los nervios. Una lectura catastrofista y grandilocuente que sostiene una visión putrefacta y decrépita de lo espiritual.

Y si la noción de alma en deterioro es una de las ideas nucleares del pensamiento schreberiano, otro aspecto determinante de sus delirios se encuentra en las voces interiores que le acechan y atormentan. Gran Salle muestra un video en el que un cantante de death metal grita las partes del cuerpo humano mientras una chica recita el poema Una carroña de Charles Baudelaire, nueva referencia directa a la decadencia del cuerpo. Una performance entre lo salvaje (el sonido gutural) y lo frágil (el susurro) que revisa desde una posición más fonética que discursiva la estrecha relación de Schreber con el habla y el sonido.

A caballo entre el minimalismo pictórico y los estudios de percepción óptica, Jardin ofrece una secuencia gráfica de variaciones solares que entronca con la ambigüedad ejercida por el sol en su cosmogonía. El sol entendido a la vez desde una comprensión científica (una fuerza dispensadora de luz y calor) y religiosa (un ser viviente relacionado con Dios y capaz de hablar a Schreber con palabras humanas). Justo enfrente, los tres muros de acceso al pasillo del Espai 13 presentan una trilogía de piezas tituladas Salon A, Salon B y Salon C.

Salon A es un tejido de lana confeccionado artesanalmente por la madre del artista vinculado a la fisicidad del sistema nervioso defendida por Schreber, un compleja red de fibras nerviosas que reproduce un dibujo científico de los nervios de un ser humano realizado por Santiago Ramón y Cajal. Salon B exhibe una pequeña librería que contiene un mismo libro repetido 30 veces, concretamente el cuento de ciencia-ficción I don’t have mouth and I must scream, escrito por Harlan Ellison en 1967. La contradicción de su título remite a la angustiosa sensación descrita por Schreber de necesitar un órgano específico y ser consciente de no tenerlo (en su caso, por ejemplo, la idea de comer sin estómago). Salon C ofrece una nueva incursión en los estudios de la visión. Una escala de Monoyer donde los signos a descifrar hacen referencia a grupos de death metal que usan nombres relacionados con órganos internos del cuerpo humano.

En el interior del pasillo, Diverses chambres et cabinet de toilette exhibe una colección de dibujos y collages que reflejan el proceso de investigación de Samuel Labadie. Una rutina habitual de taller —la del dibujante— que le lleva a revisar el “sistema de toma de notas” de Schreber. De un modo similar a las palabras interrumpidas y los flujos verbales que el paciente recibe a partir de las voces, el artista anota de manera intuitiva derivaciones visuales y textuales sobre los delirios de Schreber.

A continuación, la videoescultura Chambre muestra la imagen microscópica de una gota de semen (con millones de espermatozoides moviéndose) y un gran altavoz que reproduce el sonido de alguien masticando chicle. Una nueva apropiación de los flujos corporales que obsesionan a Schreber, unida a la consistencia blanda y amorfa del chicle, un elemento recurrente en el trabajo escultórico de Labadie y que aquí retoma la noción schreberiana del alma orgánica.

Finalmente, abriendo o cerrando la exposición y ubicada en las escaleras de acceso al Espai 13, Escalier exhibe una imagen de la edición francesa del libro (Mémoires d’un névropathe) dominada por un retrato de Schreber en el que el artista incorpora una pequeña intervención: sus ojos están cubiertos por dos pequeñas bolas de chicle. Un gesto mínimo, cómico e inquietante que sutilmente desvela la actitud crítica de Labadie ante la materialidad simbólica del pensamiento del Dr. Schreber, presidente de Sala, en retiro.[1]

[1] Schreber inicia sus memorias con una carta introductoria (y recriminatoria) dirigida al doctor Paul Flechsig, el psiquiatra que llevó su caso desde el inicio de su enfermedad, al que acusa de “almicidio” (asesinato del alma). En 1893, Schreber fue nombrado Presidente de Sala en la Corte de Apelaciones de Dresde, y de ahí su firma al final de la nota.

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