“Para ser artista hay que vivir oculto”

James Ensor

James Ensor (Ostende, 1860-1949) es un pintor belga relevante dentro de la historia del arte por ser considerado un precursor del expresionismo, e incluso del surrealismo. Supuestamente, un belga avanzado a su tiempo; alguien capaz de influir en la fuerza gestual de los expresionistas alemanes, e incluso en la liberación normativa de los surrealistas franceses. Un pintor raro, oscuro, paródico, un buen conocedor de la tradición (Goya, El Bosco, Rembrant, la pintura religiosa…), un virtuoso de la técnica y un entusiasta disperso que nunca acabó de encontrar su estilo; o que al menos nunca se conformó con ninguno.

Algunos datos biográficos permiten entender mejor la dispersión de su pintura: la tienda de disfraces para carnaval de su madre en Ostende (donde surge su fascinación por las máscaras), su formación académica (de ahí su virtuosismo), su interés por el ritual religioso (pese a ser ateo) o su relación pasional y amateur con la música (que le llevó a dedicar más horas al armonio que a la pintura). Una suma de detalles complementarios que conforman el eclecticismo formal de Ensor. Un eclecticismo que a su vez lleva a Pere Llobera (Barcelona, 1970) al desarrollo de ciertas teorías que él engloba bajo la sentencia de “el mal de Ensor”. Una maldición que acecha a cualquier artista que explore su condición como tal a través de su obra.

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“El mal de Ensor” es simplemente una señal, un aviso, un temor. Un estado de alerta que implica no ser esclavo de la técnica, no conformarse con una metodología específica ni con aquello que se espera de ti. El mal de Ensor es un ejercicio de seducción formal y a la vez una actitud de resistencia ideológica. Una renuncia directa a la capacidad virtuosa del pintor – o del músico, pensemos en lo artificioso que puede resultar un solo de guitarra – y una búsqueda incansable de otras posibilidades expresivas ante el gesto creativo. El mal de Ensor es una lucha crónica contra las virtudes de uno mismo, un sistema de auto-control.

Pese a la precisión formal de su trabajo, el peso conceptual de la obra de Pere Llobera siempre ha sido una de las características principales de su pintura. Un análisis metareferencial sobre su oficio centrado tanto en la disfuncionalidad de la práctica pictórica como en la potencia liberadora de dicha actividad. Un poder inútil y eufórico – tener un cuadro de todo es magnífico pero no sirve para nada – que convierte al pintor en un superviviente que no puede más que seguir pintando.

Tras algunos proyectos recientes del artista que han funcionado como declaración de intenciones sobre su manera de entender la posición del pintor – Cansado de ser fuerte, La barca de hielo… – El mal de Ensor supone un claro cambio de registro en su modo de enfrentarse a la pintura. Si antes su obra se medía a través de momentos de intensidad fugaces, imposibles de mantenerse durante mucho tiempo (la fuerza se agota, la barca de hunde…), ahora su trabajo parece invitarnos a una temporalidad más sólida y firme. Un tiempo expandido que no se diluye tan rápido precisamente por su capacidad de dudar en todo momento de la validez de aquello que nos ofrece. Dicho de otro modo, la sospecha de sufrir el mal de Ensor, lleva a Llobera a una reinvención constante de su discurso pictórico.

En este sentido, Hal – archivador con 35 cajones intervenidos que recojen la mayor parte de sus preocupaciones estéticas e intelectuales, y alusión directa al ordenador central de 2001 Odisea en el espacio (1968) de Kubrick – es la pieza clave de su exposición en la Galería Fúcares. Un intento de materialización de su pensamiento a base de fragmentos aislados, caóticos y dispersos: alusiones biográficas, paisajes naturales, ermitaños, gestos mínimos, acciones absurdas, citas poéticas, referencias contraculturales, aproximaciones textuales… Al fin y al cabo, una colección completa de personajes, lugares y situaciones derivadas de un imaginario formal que, como respuesta al mal de Ensor, se encuentra en continua transformación estilística.

A continuación, dos pequeñas telas ofrecen una nueva lectura paródica sobre la condición del pintor. Dues maneres de treure un set i mig (Dos maneras de sacar un siete y medio) se enfrenta directamente a la buena o la mala fortuna. Y si el triunfador, casi sin esfuerzo, es capaz de sumar siete y medio con sólo dos cartas, él se siente próximo a la otra: la posibilidad agónica, tensa y trágica de llegar al mismo resultado pero sufriendo al máximo.

Un dibujo académico de la espalda del mismo Llobera ofrece otro momento álgido dentro de la muestra. Una dignificación virtuosa de sus habilidades con el dibujo, pero que en lugar de exhibirse como autoretrato triunfal, se erige como una broma interna que probablemente nadie más entenderá. Casi tan incómodo, tan fuera de lugar, como un ataque de risa nervioso en un momento inapropiado.

Y si la máscara y el disfraz fueron los recursos más utilizados por Ensor para distanciarse de la realidad, también son un medio útil para Llobera como estrategia de desdoblamiento en las dos piezas siguientes. En la primera, un Michael Jackson brillante esconde su rostro tras un enorme pulgar dorado mientras nos brinda el gesto popular de OK. En la segunda, un Gato Félix de color rojo recuerda las primeras transmisiones experimentales de televisión en 1928, cuando la figura anodina e inocente del gato fue televisada durante intervalos superiores a las dos horas diarias. Dos personajes extraños, dos máscaras grotescas, dos iconos culturales venidos a menos.

Próximo a la simbología de las máscaras del teatro griego (la representación más simple de los sentimientos de alegría y tristeza), Un quadre trist (Un cuadro triste) supone una pequeña pintura de color oscuro en la que un fuet dibuja una sonrisa invertida, convirtiendo así el cuadro en un rostro crudamente infeliz. Un gesto extrañamente humorístico, una pieza pesimista, ingenua e inquietante a la vez.

Por último, la exposición finaliza con una pintura de gran formato: El sepulcro de Ensor. Una turbadora escena en la que el propio Llovera, con cara de lelo y cargado con una enorme mochila de campista, aparece montando los huesos de un esqueleto humano en una zona boscosa e iluminada por extraños destellos de luz. En el suelo, medio enterrado, encontramos los restos – rostro y manos – de la tumba del belga. En definitiva, una pintura de culminación que seguramente cierra el capítulo de Pere Llobera dedicado a Ensor, quizás el capítulo que ha consolidado de manera más compacta la naturaleza autocrítica de su pintura. Y es que el único antídoto para superar el mal de Ensor es seguir pintando al margen de Ensor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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