A inicios de los 2000 hice un viaje en coche por el norte de Escocia. Conducíamos por estrechas carreteras rurales, casi siempre solitarias, casi siempre escuchando Songs From the Northern Britain (1997) de los Teenage Fanclub o Excuses for Travellers (2000) de Mojave 3. De vez en cuando, te encontrabas con otros vehículos circulando en sentido contrario al tuyo. En esos casos, al tratarse de vías de un solo carril, era necesario el “passing place”, un discreto ensanchamiento en la calzada donde uno de los coches – el que lo encontrase a su izquierda – podía situarse para dejar paso al otro. Recuerdo con placer el hecho de apartarme en dichos espacios, o disminuir la velocidad para pasar ante la gentileza del otro vehículo. Ahí empezó mi fijación por el “passing place”. Lo recuerdo como un momento íntimo: miradas con las personas del otro coche, saludos con la mano, leves sonrisas entre desconocidos. Curiosamente, debido a la extraña lógica de la circulación por carretera, podías cruzarte con el mismo coche varias veces en un mismo día. Cuando esto sucedía, la complicidad entre los vehículos era mayor.

publi the passing place

Hace más o menos un año, aquí en Madrid, Ángela Cuadra me propusohacer una exposición en Salón, y su invitación me hizo pensar de nuevo en el “passing place”. Al margen de paisajes escoceses y encuentros en carreteras secundarias, la identidad doméstica y expositiva de Salón me evocaba la gentileza e intimidad que recordaba de aquellos cruces. A través del “passing place”, interpreté y entendí la condición de Salón como una suma gradual de actos de cortesía planteados desde un beneficio común; el de todas aquellas personas implicadas en un proyecto independiente (organizadores, artistas, comisario, diseñadores, espectadores…); es decir, un proyecto más definido por la pasión que por la economía. Y empecé a listarlos: ceder tu casa para hacer una exposición, invitar para ello a un comisario, que éste proponga a unos artistas, que finalmente unos diseñadores den forma a una publicación, que llegue un público…

Un tiempo después – poco, la verdad – le propuse a Ángela dedicar la exposición a estas dinámicas de cortesía e intercambio. No tenía aún claro el listado de artistas, pero sí la intención de llamar al proyecto The passing place y que consistiera en un diálogo entre dos artistas que no se conocieran. Así, la exposición se erigía simplemente como una situación de encuentro. La ausencia voluntaria de un discurso curatorial al uso permitía incorporar tres conceptos que me interesaban especialmente, y que sentía ligados al “passing place”: la expectativa, la intuición y la rutina de taller. Sin forzar nada, sin preocuparme en qué habría en sala, esas tres premisas me llevaron a dos artistas afines que aún no habían coincidido. The passing place sería un encuentro entre Elena Alonso (Madrid, 1981) y Samuel Labadie (Bayonne, Francia, 1978).

En este sentido, la expectativa, la intuición y la rutina de taller son características que definen y unen el modo de entender la práctica artística de Elena y Samuel. Dos artistas distintos pero que comparten un proceso de trabajo marcado por una investigación formal y objetual derivada de preocupaciones conceptuales. Un ejercicio intelectual e intuitivo donde ambos encuentran los ejes principales de su obra: los nexos con la escritura y el lenguaje (más objetual y simbólico en Alonso, más textual y gráfico en Labadie), la búsqueda de cierta geometría (una más metafísica, otra más minimal), la transición del dibujo al objeto, ambos desde un punto de vista orgánico, imperfecto (más puro en Elena, más turbio en Samuel) y, por encima de todo, una dinámica – liberada en lo posible de la lógica proyectual – que permite ensayar infinidad de posibilidades durante el tiempo de trabajo en el estudio. Al fin y al cabo, un diálogo cruzado entre los dos artistas. Una extensión de la intimidad del taller. Una intensidad expositiva potenciada por la complicidad.

Retomando el espacio individual de la carretera – convertida ahora en muros – y el “lugar de paso” – una gran mesa – Elena Alonso y Samuel Labadie interactúan mediante múltiples registros de presentación. En una de las paredes, Alonso despliega una suerte de jeroglífico confeccionado con objetos e imágenes de referencia propios de su ritmo de taller. Mientras, Labadie exhibe enfrente una secuencia de dibujos esquemáticos sobre variaciones lineales hechas con paquetes de Lucky interrumpidos ocasionalmente por piezas textuales. En ambos casos, descubrimos el valor simbólico de algunas referencias fundamentales en sus modos de hacer: el cartabón y la simetría en Elena; el paquete de Lucky y el minimalismo en Samuel.

A continuación, el “passing place”, la mesa. Un display horizontal y desjerarquizado donde convive el imaginario particular de cada uno: dibujos de líneas de chicle, gestos de ipad, o fotografías de lingotes de mantequilla y salchichas de frankfurt (Labadie) dialogan con cristales pintados, plantillas de color, combinaciones de papeles, utensilios de taller y pequeños objetos crípticos (Alonso).

En definitiva, The passing place no es más que la puesta en escena del encuentro entre Elena Alonso y Samuel Labadie en Salón. Dos procesos individuales repletos de afinidades discursivas y formales que dan lugar a una exposición donde la intuición y la expectativa marcan, sin presión ni justificaciones, el ritmo de sus contenidos. Unos contenidos que, pese a estar acabados, se erigen ante nosotros con ese halo de misterio y expectación que destila aquello que aún está a medio hacer.

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